El Arte del Decir (61)


Se precisa de un silencio inicial para componer un poema. Y de varios silencios intermedios. Pero estos no pueden ser absolutos ya que una poesía está compuesta de palabras, ella es como un río que corre arrastrando grandes troncos, hojas, algun animal muerto, periódicos. Los silencios del comienzo y del fin del poema son como esas riberas, necesarios pero no suficientes. Para poder escribir un poema es indispensable animarse a soltar la voz. No digo gritar, ni exclamar siquiera. Simplemente soltarla, dejar que ella fluya y vaya componiendo un canto. Lo dicho es fundamental, pero mas importante es atender al decir, lo que está por debajo de las frases, lo que les da su tono, su pausa, su impetu y su color pasional. Decir un poema es anterior a lo dicho del mismo, pero el movimiento no se completa si no se dice, se escribe, se graba en papel o en texto de computadora. Y eso sin olvidar los silencios que también cantan, como las palabras.

Amelia Roselli (1930-1996) fue una poeta italiana hija de una activista politica inglesa y un heroe de la resistencia antifascista. Fue descubierta por Passolini quien la publicó y la definió como una "escritura de lapsus". Mientras pensamos que quiso decir el gran Pier Paolo con esa maravillosa expresión, notemos en el extenso (y fragmentario) poema que publico primero,  como las frases se encadenan y se mueven como grandes olas.


La libélula


La santidad de los santos padres era algo tan

mudable que yo decidí apartar cualquier duda

de mi cabeza por desgracia demasiado clara y dar

el salto hacia un adiós aún más arriesgado. Y fue

entonces

cuando la santa sede se tomó la molestia de saltar

los fosos, no sé cómo, pero me dejó alucinada.

Y fue entonces cuando los miserables despojos de

nuestros muertos

rimaron en el todo en un retumbar iracundo,

oh yo canto por las calles pero sólo el santo padre

sabe adónde conducirá todo esto. Y tú las santas

molestias llevarás de rosillas hasta ese confesor tuyo

y él te dará a ti esa bendita bendición

que yo desearía que fuese de pan y de aceite. Así que

como decíamos yo estaba tendida sobre la hierba

pútrida

y las canciones de amor sobrevolaban mi cabeza

aquejada de amor, y mascullaba tempestades y

plegarias, y todas las luces del santo padre estaban

encendidas. Sí, la santa sede mascullaba canciones

pueriles también ella y todos los automóviles de los

artistas más ricos eran acogidos dentro de sus muros;

oh desdén, ni siquiera el cauto examen de conciencia

logra

que podamos disimular nuestros más fangosos

defectos

como por ejemplo el desvarío de los manoseados

versos o el lagrimeo sobre los muros inclinados de

nuestras

ambiciones: colores aromáticos, de cera, remarcados

en el aromático establo de los gourmets. Pero ningún

odio preparo en mi cocina excepto

la cansada bestia oculta. Y si el mar que

fue aquella lejana bestia oculta me preguntara

qué ha sido de mi deseo desmesurado, le respondería

pero déjame tranquila, estoy más que harta de

tus demoras. Pero él sabe mejor que yo cuáles

son las virtudes del ser humano. Yo le digo que más

feliz es la tarántula en su propio jardín,

él me contesta pero tú no sabes capturar. Las riendas

se me escapan si no respeto el poder de la

racionalidad lo sé tú lo sabes lo saben algunos pero

de la misma manera la querida tienda de los

descontentos a veces

perfora también mis sueños. Y tú lo sabes. Y yo

lo sé pero todavía llevo a la vanguardia a cuestas

sobre mis hombros y ríe y escupe como una vieja

bruja, y ni siquiera sé dónde tengo que

coger el tranvía que acrecienta tus sueños,

y mis estrellas. Pero tú ves que yo también he perdido

la irisada gracia de quien sabe pasar por encima

de esas menudencias. Debo comer. Tú debes correr.

Yo debo levantarme. Tú debes correr con el rabo

colgando.

Yo me levanto, tú extiendes los brazos en un largo

penoso adiós, con la sonrisa rígida y forzada en

tu boca más bien poco atractiva. ¿Y qué es esa

luz de la verdad cuando ironizas? Nada más

que esa pobre prensa obtuviste de mi corazón herido.

Ya nunca sabré mirarte a la cara; lo que

deseaba decir se ha marchado por la ventana,

lo que tú eras era otro batallón contra el que

ya soy incapaz de enfrentarme; ¿entonces qué nueva

libertad

buscas entre las cansadas palabras? No la blanda

ternura

de quien está en casa bien protegido entre sus altas

paredes y piensa en sí mismo. No el cansado

descuido

del gigante que sabe que no puede rimar nada más

que dentro

del círculo cerrado de sus apesadumbrados conocidos;

la luz es un premio de Dios, y él prefirió venderla

antes que verla sucia entre las manos descuidadas.

 

* Fragmento de La libélula. Traducción del italiano de Esperanza Ortega Martínez


Las flores crecen como dones 



Las flores crecen como dones y después
se dilatan
una vigilancia aguda las silencia
no cansarse jamás de los dones

El mundo es un diente arrancado
no me pregunten por qué
hoy tengo tantos años
la lluvia es estéril.

Buscando las semillas destruidas
eras la unión marchita que buscaba
robar el corazón de otro para después
usarlo.

La esperanza es un daño quizá definitivo
las monedas resuenan crudas en el
mármol
de la mano.

Convencía al monstruo de que se
escondiera
en los cuartos limpios de un albergue
imaginario
había en el bosque pequeñas víboras
embalsamadas.

Me disfracé de cura de la poesía
pero para la vida estaba muerta
las vísceras que se pierden
en el barullo
mueres barrido por la ciencia

El mundo es sutil y plano:
Deambulan allí pocos elefantes, obtusos.

   

(Versión de Diego Bentivegna)




Comentarios

Entradas populares de este blog