El Arte del Decir (LVII)


Escribir es una actividad que compromete el cuerpo. No sólo las malas posturas ante el escritorio, o los dolores de cabeza por una concentración excesiva, sino también la materialidad de goce de nuestros miembros. Al escribir un poema, el poeta deja algo de esa materialidad en un intento de inscribirla en el texto. Puede entonces sentirse cansado, liviano, denso, puede entonces sentir el cuerpo como algo que se posee y que se puede perder también. Las palabras al reemplazar a la materia dan ese efecto de liviandad, pero la escritura es material, lo que hace que un peso dé la plomada del poema. No se debe tratar de eliminar jamás esa participación del cuerpo en el acto de escribir, lo angélico es un concepto ajeno a la humanidad, una ficción, una monstruosidad inclusive. Tener un cuerpo es lo único que nos permite dejar esa huella de lo escrito, lo que traza un signo material de nuestras vidas, luchando inútilmente contra su desaparición.

Wilfred Owen (1893-1918) fue un poeta inglés, cuyos poemas sobre la Primera Guerra destacan por la sobriedad con las que está contada esa carnicería humana y por la inutilidad de ese sacrificio. Con 25 años murió una semana antes que se firmara el armisticio, dejando, como dice Harold Bloom una inmensa tristeza por "contemplar lo que Owen hubiera escrito si no hubiera muerto en el campo de batalla". El segundo de los poemas torsiona de manera genial y terrible el significado de la antigua sentencia de Horacio : "Dulce y honorable es morir por la Patria"


La parábola del joven y el anciano



Se alzó pues Abraham, cruzó los bosques.
Llevó consigo fuego y un cuchillo.
Y mientras caminaban ambos juntos,
preguntó así Isaac, el primogénito:
«Padre, veo que llevas hierro y fuego,
pero ¿el cordero para el sacrificio?».
Abraham ató al joven con cordajes
y construyó trincheras, parapetos…
Al sacar su cuchillo, de repente,
un ángel lo llamó del Cielo y dijo:
«Retira ya tu mano del muchacho,
no le hagas ningún daño. Hay un carnero
que es presa de ese arbusto por los cuernos;
ofrécelo mejor en sacrificio».

Pero el viejo rehusó, mató a su hijo
y, uno a uno, a los jóvenes de Europa.



Dulce et Decorum Est


Encorvados, como viejos mendigos bajo costales,
Patizambos, tosiendo como arpías, maldiciendo cruzamos lodo,
Hasta que a las bengalas perseguidoras les dimos las espaldas,
Y hacia nuestro lejano descanso nos fuimos arrastrando.
Hombres marchaban dormidos. Muchos habían perdido sus botas,
Pero cojeaban, calzados con sangre. Todos iban rengos, todos ciegos;
Borrachos de fatiga; sordos incluso a los silbidos
De obuses de gas cayendo suavemente atrás.

¡Gas! ¡GAS! ¡Rápido, chicos!—Un éxtasis de torpeza
Poniéndose las toscas máscaras justo a tiempo;
Pero alguien seguía gritando a voz en cuello y tropezando,
Y debatiéndose como un hombre entre fuego o lejía.—
Borroso a través de los vidrios nublados y gruesa luz verde,
Como bajo un mar verde, lo vi ahogándose.

En todos mis sueños sin remedio ante mi vista,
Se hunde hacia mí, escupiendo, asfixiándose, ahogándose.

Si en algunos sueños sofocantes, tú también pudieras caminar
Detrás de la carreta donde lo echamos,
Y vieras los ojos blancos retorciéndose en su cara,
Su cara colgante, como la de un diablo enfermo de pecar;
Si pudieras escuchar, con cada sacudida, la sangre
Brotar gargajeando de los pulmones corrompidos por espuma,
Obscena como cáncer, amarga como el bolo
De viles, incurables pústulas sobre lenguas inocentes,—
Amiga mía, no les contarías con tan alto gusto
A niños ardiendo por alguna gloria desesperada,
La vieja Mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.






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