El Arte del Decir (LVI)
Un elemento asemántico de un poema es el ritmo, el intervalo en que las palabras se encadenan unas con otras, pulsante y decididamente crucial para un buen resultado. Hay que decir que entre intervalos largos y cortos (no se me ocurre otra forma de medirlo) existe el universo de la significación y después viene el silencio que permite asentir, contradecir o modificar esa significación, según su duración y su intensidad. Hay poetas que han hecho del silencio un centro de su poesía (por ejemplo, los últimos poemas de Paul Celan) y otros que lo vuelven casi imperceptible, atareados como están por decir muchas cosas. En cualquier caso, el ritmo de un poema es un elemento estructural de él, así como las vértebras que no se ven, pero sostienen a un cuerpo y no es un elemento de sentido variable como las metáforas y las metonimias veloces. Por el contrario el tiene que estar ya que un poema sin ritmo no se sostiene y se derrumba estrepitosamente a pesar de que tenga palabras importantes.
Ida Vitale (1923) es una poeta uruguaya perteneciente a la generación del 45. Su poesía es precisa y con pocas imágenes pero su sutileza hace vislumbrar un mundo nuevo detrás de palabras que a veces parecen comunes, y a veces, sorprenden por su originalidad al abrirnos las puertas de nuevos sentidos y nuevas dimensiones de la existencia.
Las gotas
¿Se hieren y se funden?Acaban de dejar de ser la lluvia.
Traviesas en recreo,
gatitos de un reino transparente,
corren libres por vidrios y barandas,
umbrales de su limbo,
se siguen, se persiguen,
quizá van, de soledad a bodas,
a fundirse y amarse.
Trasueñan otra muerte.
Reunión
Erase un bosque de palabras,
una emboscada lluvia de palabras,
una vociferante o tácita
convención de palabras,
un musgo delicioso susurrante,
un estrépito tenue, un oral arcoíris
de posibles oh leves leves
disidencias leves, érase el pro y el contra,
el sí y el no,
multiplicados árboles
con voz en cada una de sus hojas.
Ya nunca más, diríase,
el silencio.
Llamada viva
Ponerse al margen
asistir a un pan
cantar un himno
menoscabarse en vano
abrogar voluntades
refrendar cataclismos
acompañar la soledad
no negarse a las quimeras
remansarse en el tomado
ir de lo ceñido a lo vasto
desde lo opaco a la centella
de comisión al sueño libre
ofrecerse a lo parco del día
si morir una hora tras otra
volver a comenzar cada noche
volar de lo distinto a lo idéntico
admirar miradores y sótanos
infligirse penarse concernirse
estar en busca de alma diferida
preparar un milagro entre la sombra
y llamar vida a lo que sabe a muerte.

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