El Arte del Decir (LV)
Que interesante son los poetas que no se encadenan a una corriente específica y estruendosa! No digo los poetas clasificados por los críticos literarios que siempre van a encontrar una escuela para adosar allí al desventurado escritor, sino los poetas en sí mismos, que vagan por las tierras del verso sin preocuparse por los nombres que tienen esas comarcas, sino habitándolas y llenándolas de nuevos seres, de variada intensidad y presencia. Me gustan porque no clasifican sus propios escritos, ni hacen propaganda de su arte. Simplemente están, cantan, escriben, y desaparecen dejando en su estela numerosos poemas que gozaremos a pesar de su ausencia. Situados con comodidad en una singularidad dichosa (algunos sufren también, es cierto) se niegan a ser confundidos con una categoría. Bienaventurados los poetas que no hacen escuela, que son los que verdaderamente enseñan!
Philippe Jaccottet (1925-2021) fue un poeta suizo que ha traducido a Rilke, Horderlin, Ungaretti, Goethe y Góngora. En 1944 se instalo en Francia y produjo sus primeros poemas. La sutileza de sus escritos y su uso poco metafórico del lenguaje lo hacen utilizar una palabra despojada de ornamento que apunta a un real en fuga.
La voz
¿Quién canta allí cuando todos callan? ¿Quién canta
con pura y apagada voz ese canto tan hermoso?
¿Será en las afueras de la ciudad, en Robinson,
en un jardín cubierto de nieve? ¿O aquí cerca
alguien que no esperaba que pudiéramos escucharlo?
No nos impacientemos
ya que el día no viene precedido, ni mucho menos,
por el pájaro invisible. Pero permanezcamos
en silencio. Una voz sube, y como el viento de marzo
le otorga fuerza a la envejecida madera, nos llega
sin lágrimas, más bien sonriendo ante la muerte.
¿Quién cantaba allí cuando se apagó nuestra lámpara?
Nadie lo sabe. Sólo al corazón que no busca
ni la posesión ni la victoria le será dado oírlo.
Versión al castellano: Jorge Nájar
La lechuza
La noche es una gran ciudad dormida
donde sopla el viento... Llegó de lejos hasta
el asilo de este lecho. Es junio, y medianoche.
Tú duermes, me han llevado a estos bordes infinitos,
el viento mueve el avellano. Esta llamada
se acerca y se retira, diríamos que es
un destello huyendo entre los bosques, o bien
las sombras que giran, se dice, en los infiernos.
(De esta llamada, cuántas cosas podría decir
en la noche de estío, y de tus ojos...) Pero no es
sino la lechuza, ese pájaro, llamándonos desde el fondo
de estos bosques de suburbio. Y ya nuestro olor
es el de la podredumbre al alba,
ya bajo nuestra cálida piel apunta el hueso,
mientras se apagan los astros en todas las esquinas.
De "La lechuza y otros poemas" 1953
Versión de Rafael-José Díaz
El poeta tardío
El poeta tardío escribe:
“Mi espíritu se deshilacha poco a poco.
Incluso la malva rosa y el pinzón me parecen lejanos
y lejanos cada vez con menor seguridad.
Llegaré incluso a solicitar
que me descarguen de este saco de luz:
¡gloria extravagante!”
¿Quién entre estas bellezas responderá?
¿No habrá alguien entre ustedes,
incluso sin decir nada, para venir en pos de él?
Vaya, como se dispersa, la manada de fuentes
que creímos haber conducido alguna vez por estas praderas…
He aquí que a partir de entonces
cualquier música de antaño se le sube a los ojos
convertida en gruesas lágrimas:
“Vuelven los alhelíes y las peonías,
la hierba y el mirlo también,
pero la que esperamos ¿dónde? ¿dónde las esperadas?
¿Acaso nunca más volveremos a tener sed?
¿Ya no habrá más cascadas
para que aprieten en sus manos la fresca cintura?
Cualquier música te aflige desde entonces
con el peso de las lágrimas”.
El hombre sigue hablando,
y su rumor avanza como un arroyo de enero
con ese temblor de hojas cada vez que un pájaro
asustado huye gritando hacia allí donde la lluvia escampa.
Versión al castellano: Jorge Nájar
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