El Arte del
Decir (L)
El silencio es un arma de doble filo. A veces, el poder lo impone y entonces es equivalente a lo que Lacan llamaba tacere, utilizando en su Seminario un viejo termino latino. Es el hacer callar, equivalente a la represión. Otras veces lo que sucede es el silere, el hacer silencio como la posibilidad de tocar los limites de la lengua. Distinguir entre estas dos significantes permite comprender la posición verdadera del poeta frente a un poder. A veces calla, a veces habla pero nunca cuando el poder lo espera o lo calcula. Desde este punto de vista, el poeta no se adecúa al régimen de la fuerza, como tampoco el psicoanalista. Un parecido que no ha sido suficientemente subrayado creo, en la enseñanza del psicoanálisis. Hay que tener en cuenta que hacer silencio es a veces tan ensordecedor como un maremoto inesperado.
Anna Ajmátova (1889-1966) fue una de las poetas rusas modernas mas grandes, comparables a Mandelstam o o Pasternak. Escritora de una fuerza notable, produjo uno de los poemas extensos mas importantes de la modernidad rusa: Réquiem, crítica tremenda de los campos de concentración estalinistas, donde su hijo fue recluido varias veces. El ultimo de los poemas que aquí coloco es el cierre de ese gran poema.
Es pura
tontería que vivo entristecida
Y que estoy
por el recuerdo torturada.
No soy yo
asidua invitada en su guarida
Y allí me
siento trastornada.
Cuando con
el farol al sótano desciendo,
Me parece
que de nuevo un sordo hundimiento
Retumba en
la estrecha escalera empinada.
Humea el
farol. Regresar no consigo
Y sé que
voy allí donde está el enemigo.
Y pediré
benevolencia… pero allí ahora
Todo está
oscuro y callado. ¡Mi fiesta se acabó!
Hace
treinta año se acompañaba a la señora,
Hace
treinta que el pícaro de viejo murió…
He llegado
tarde. ¡Qué mala fortuna!
Ya no puedo
lucirme en parte alguna,
Pero rozo
de las paredes las pinturas
Y me
caliento en la chimenea. ¡Qué maravilla!
A través
del moho, la ceniza y la negrura
Dos esmeraldas
grises brillan
Y el gato
maúlla. ¡Vamos a casa, criatura!
¿Pero dónde
es mi casa y dónde mi cordura?
Tres cosas
en el mundo él amaba:
El canto
vespertino, los pavos reales blancos
Y de
América, los mapas desvaídos.
No amaba el
llanto de los niños,
La
frambuesa con el té, no amaba
Ni la
histeria femenina.
…Y yo fui
su mujer.
Epílogo
I
He
entendido cómo los rostros se vuelven huesos,
cómo acecha
el terror debajo de los párpados,
cómo el
sufrimiento inscribe sobre las mejillas
las duras
líneas de sus textos cuneiformes,
cómo los
lucientes rizos negros o los rubios cenizos
se vuelven
plata deslustrada de la noche a la mañana,
cómo las
sonrisas se esfuman de los labios sumisos,
y el miedo
tiembla con una risita entre dientes.
Y no sólo
ruego por mí,
sino por
todos los que permanecieron afuera de la prisión
conmigo en
el amargo frío o en el ardiente verano
debajo de
este insensato muro rojo.
II
Con el año
nuevo regresa la hora del recuerdo.
Te veo, te
oigo, te escucho dibujando cerca:
a aquél que
tratamos de auxiliar en la caseta del centinela
y que ya no
camina sobre esta preciosa tierra,
y aquélla
que agitaría su bella melena
y
exclamaría: es como volver al hogar.
Quiero
enunciar los nombres de aquella muchedumbre,
pero se
llevaron la lista y ahora está perdida.
Les he
tejido una vestimenta hecha
de palabras
pobres, las que alcancé a oír,
y me asiré
con firmeza a cada palabra y a cada mirada
todos los
días de mi vida, incluso en mi nueva desgracia,
y si una
mordaza cegara mi boca torturada,
por la que
gritan cien millones de gentes,
entonces
déjenlos rezar por mí, como yo rezo
por ellos
en esta víspera del día de mis recuerdos.
Y si mi
patria alguna vez consiente
en fundir
un monumento en mi nombre,
estaré
orgullosa de que se honre mi memoria,
pero sólo
si el monumento no se coloca
cerca del
mar donde mis ojos se abrieron por vez primera
—mi último
lazo con él hace mucho está disuelto—
tampoco en
el jardín del Zar, cerca del tocón sagrado,
donde una
sombra adolorida acecha la tibieza de mi cuerpo,
sino aquí,
donde soporté trescientas horas
de fila
ante las implacables barras de hierro.
Porque aun
en la muerte venturosa tengo miedo
de olvidar
el clamor de las Marías Negras,
de olvidar
el chirrido de esa odiosa puerta
y a la
vieja aullando como bestia herida.
Y desde mis
inmóviles cuencas de bronce,
la nieve se
derretirá como lágrimas, goteando lentamente,
y una
paloma arrullará en alguna parte, una y otra vez,
mientras los
barcos navegan suavemente sobre el
caudaloso Neva.

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