El Arte del Decir (LI)
¿Qué sucede cuando un poeta se calla, abandonando las palabras? Ya sea porque lo alcanzó el tren nocturno de la muerte, ya sea porque la locura, el hastío, el vaciamiento del sentido, o el agotamiento han hecho cesar todo gusto por la poesía. Cuando esto sucede el mundo se detiene por un instante y muestra sin rimas, ni cadencias, ni mascara alguna su interminable horror. Porque una función de la poesía - y entiéndase bien cuando digo esto - es velar por medio de la belleza algo de la nada que nos habita, algo de lo desagradable que nos cautiva y nos tiene, algo de lo profundamente maligno que nos constituye. Y los poetas hacen esto sin saberlo, pero al hacerlo nos permiten contemplar esa malignidad sin que retrocedamos aterrados. De esta forma un hombre, una mujer, por medio de la poesía pueden soportar la locura que está en nuestro corazón y, eventualmente, si dan un paso más, hacer algo para mejorarla. Esto ultimo es ya una posición ética y por eso los poetas contribuyen a ella, a acercar a hombres y mujeres a ese salto que les daría otra posición ante el horror. Y a producir algo de amor mas allá de la codicia y el rechazo. Por eso un poeta debería ser cuidado por el mundo. Lo malo es que muchos de ellos no lo quieren.
Friedrich Horderlin (1770-1843) fue un poeta romántico alemán que es como decir El Romanticismo (al menos el bueno, el que habla de cosas importantes) que cantó hermosos himnos a la naturaleza, el hombre y las edades doradas con la convicción de que en lo bello se encontraba algo de lo grande. Amigo de Hegel y de Schilling en 1806 se desencadenó en él una psicosis que lo apartó de la poesía hasta su muerte 37 años después.
Pan y Vino (fragmento)
4
¡Oh dichosa Grecia! ¡Morada de todos los celestiales!
¿Es cierto entonces lo que nos enseñaron en la juventud?
¿Sala de Fiestas cuyo piso es el mar y tus mesas, los montes;
desde antiguo trazada para tales solemnidades!
Pero ¿donde están los tronos? ¿Dónde los templos
y las copas llenas de néctar? ¿Y los himnos compuestos
para agradar a los dioses? ¿Dónde brillan
tus oráculos de lejanos efectos? ¿Dónde resuena
la gran voz del destino? ¿Dónde está ese destino rápido?
¿Acaso aun desciende lleno de dichas presentes
cegando los ojos, desde el aire claro, con fragor de trueno?
"¡Oh Padre Éter!" clamaban los pechos y ese grito volaba de boca en boca.
Nadie tenía porqué vivir solo.
Tal bien, repartido entre todos, da la alegría,
y repetido por el extranjero ese grito se convierte
en una aclamación, y la fuerza de ese nombre crece en la inconciencia.
"¡Padre Serenísimo!" Y hasta donde llega el eco,
este nombre resuena, símbolo milenario de los antepasados,
creador y efectivo. Porque así los dioses
se nos aparecen y desde la sombra desciende
y su luz conmueve todo el ser de los hombres.
A los jóvenes poetas
Hermanos, quizá nuestro arte madure pronto
luego de su larga fermentación juvenil,
y alcanzará la serena belleza
si, como los griegos, seguís siendo devotos.
Amad a los dioses y pensad dulcemente en los mortales.
Detestad el arrebato y la frialdad.
Guardaos de aleccionar y de describir.
Y si el maestro os atemoriza
pedidle consejos a la suprema Naturaleza.
Si escuchase a los que dan consejos
Si ahora escuchase a los que dan consejos,
se reirían de mi y pensarían:
"Cedió a nuestras razones, porque nos temía, el loco.
Y no habría sacado ningún provecho de ellas..."
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¡Cantad, temibles dioses del destino!
¡Que vuestro canto, presagio de desgracias,
no deje de sonar en mis oídos!
Sé que sucumbiré a vuestros golpes, pero antes
quiero pertenecerme y alcanzar vida y gloria.

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