El Arte del Decir (XLIX)
El evocar el pasado, lo efímero, lo que se desvanece rápidamente en las arenas del tiempo, ha sido para muchos poetas una fuente de inspiración y, desgraciadamente, también una fuente de identificación. La melancolía poética que distinguiremos de la melancolía psiquiátrica, para otorgar a la primera un recurso de la que la segunda parece carecer siempre que un tratamiento no haya abierto esa posibilidad , es desde luego una fuente de sufrimiento, pero también una oportunidad para la elaboración. Hacer de la tristeza melancólica un poema, por ejemplo, eleva esa tristeza a la categoría de causa y puede extraerla de la condición de padecimiento, es decir de efecto. Desde luego, no siempre es posible, pero cuando se puede se observan poemas de una luminosidad especial, como si el haber sufrido (así, dicho en pasado) revistiera al escrito de una solidez inexplicable.
Conrado Nalé Roxlo (1898-1971) fue un poeta, dramaturgo, humorista y guionista argentino cuyo uso de la rima clásica fue notable. Escribió poemas de una sutil tristeza donde es posible encontrar siempre la palabra exacta, en el lugar de lo que no se puede decir. Hoy está olvidado, pero recordarlo no es más que un acto de justicia.
Yo quisiera una sombra
Yo quisiera una sombra que no fuera la mía,
la de una antigua espada, la de un fino cristal,
la del pájaro en vuelo o la nube borrosa.
Una sombra, otra sombra, para verla pasar.
Otra voz que no fuera esta voz que traduce
hace más de treinta años el rumor de mi mar,
una voz de campanas o de ríos llorosos…
Otra voz de otro acento para oírla cantar.
Y quisiera los sueños que no soñaré nunca,
la angustia que mi alma no sentirá jamás,
el terror de las fieras en la selva sombría,
la alegría radiosa de la alondra solar.
De ese desconocido que ha cruzado la plaza
los recuerdos más tristes quisiera recordar.
Llenarme de otras vidas, otra luz, otras muertes…
¡No ser este hombre solo frente a la eternidad!
Epitafio para un poeta
No le faltaron excusas
para ser pobre y valiente.
Supo vivir claramente.
Amó a su amor y a la Musas.
Yace aquí como ha vivido,
en soledad decorosa.
Su gloria cabe en la rosa
que ninguno le ha traído.
Del otro cielo
Ésta es mi copa y la rompo.
Éste mi caballo y lo suelto.
Decid a mis amigos que he muerto.
Que el vino derramado de mi copa
lo beban mi enemigo y mi perro,
y sobre las cenizas de mi casa
dancen ebrios.
Yo con mi propia sed quiero embriagarme
hasta ser una estatua de fuego
Decid a mis amigos que he muerto.
Que mi caballo pase
bajo el arco de rosas y laureles
con otro caballero.
Decid a mis amigos que he muerto,
que he muerto y soy dichoso
de otra dicha que baja de otro cielo.

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