El Arte del Decir (XLV)
"Un poema comienza siempre en deleite y termina en sabiduría" dijo una vez Robert Frost, poeta estadounidense, que algo debía saber de esto. Y lo cierto es que el saber que se obtiene de los versos es enigmático, literalmente, da que hablar. En eso se diferencia del saber de las ciencias, que han sido hechas para callar al universo. Por el contrario, los poemas lo hacen hablar aunque muchas veces no entendemos del todo lo que dicen, siempre está esa línea que nos conmueve, nos estimula o nos hace simplemente felices ,por un instante. No es poco. Y por ese uso sin finalidad de la lengua debemos estar agradecidos ya que hacer las cosas sin razón alguna para hacerlas es una libertad que en la poesía se goza como en ninguna parte.
Paulina Vinderman, nacida en Buenos Aires, es una importante exponente de la poesía argentina contemporánea. Ha sido incluida en numerosas antologías y muchos de sus poemas han sido traducidos al inglés, al italiano y al alemán. Lo que me gustó siempre de sus poemas fue esa forma misteriosa donde lo aludido está presente pero apenas entrevisto y su manejo del castellano, que evoca mundo ausentes pero cercanos, donde nuestro corazón puede reconocerse sin problemas.
La muerte de la imaginación
“Lo que más temo es la muerte de
la imaginación.”
Sylvia Plath
El corazón no tiene quien le escriba,
nadie se atreve a cruzar la noche remando
en la intemperie
(nadie se ve)
Y si no fue más que un amor negro, susurrante
que nada da,
el viaje más lejano fue el de mi cabeza
hacia su hombro
(el más inútil)
La rama golpea en la terraza
pero es solamente oscura. El miedo
se sienta a comer un pastel en la cocina
(y dice que es real)
¿Alguien pudo tocar a la desesperación?
Terciopelo, papel de diario, una lata oxidada,
no hay vacuna contra las superficies.
El mundo es un hueco tapado con barniz
(y no respira.)
(de Bulgaria, 1998)
9.
Invento el jardín que no tuve y me fotografío
bajo un toldo de cielo.
Cuando menos lo espere, la palabra jardín
me abandonará, y volveré a mis pueblos con
calles de tierra y corazón dorado.
Me dedico a barrer sombras alargadas como cangrejos raros,
sombras de siglos en ciudades inquisidoras, dulcemente
hostiles a mi curiosidad y a mis robos.
¿Robar para el poema, no para la corona, tendrá perdón?
Hasta que la luna salga en mi búsqueda
le quito Groenlandia a los daneses y escribo
en esta página una carta al viejo Erik el Rojo.
En borrador, sobre mi río y mis piedras, mi canción
y mi Sur. Y las tribus diezmadas, y una oscura
mancha de petróleo sobre la palabra justicia.
(de Bote Negro, 2013)
Y si hubiera nacido hombre...
Y si hubiera nacido hombre
habría sido marinero
con una azul mortaja como lecho.
Madre, no me dijiste nunca
que había que pagar un precio
para hablar con las flores.
Detrás de tantas ventanas
las mujeres se peinan para recibirlos.
No me enseñaste nunca
que había que pagar un precio
por haber nacido mujer
y marinera.
Mi amor a punto de morir
no sabe
que amo únicamente ahora
que no hay vientre ni ola ni deseo.
Mi amor a punto de morir
no sabe
que únicamente lo amo porque muere
y quedo libre de todo excepto
de escribirlo
eligiendo los momentos del goce
como un conquistador antes del oro.
Mi amor no sabe
que el único al que amé
fue aquel marino de la fotografía
que jamás conocí.
Porque me enamoraba únicamente
de los derrotados.
Porque habrá naufragado
con una azul mortaja como lecho.
Porque sus ojos eran huérfanos
como los míos,
sucios de tormentas y remedios solitarios
contra el amor, la blandura,
la nostalgia de tierra.
Madre, no me enseñaste nunca
a ordenar mis pedazos
Me dejaste cortarme, cortarme,
con cuchillos de mar y de ventanas.
«Las mujeres se peinan, decías,
para recibirlos.»

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