El Arte del Decir (XLII)

Es indispensable para escribir poseer una vasta cultura, haber leído miles de ensayos, cursado innumerables carreras y conocer gran cantidad de idiomas? La respuesta es por supuesto negativa y claro está que con poseer sensibilidad para los sonidos de la lengua y sus vericuetos significativos es posible ser un gran escritor. Ejemplos de estos últimos no faltan en las historias de la literatura, sin embargo hay algo que considero indispensable y es el gusto por leer. Todo lector es un escritor tímido y por ahí, alguno se anima y traza signos y arma un texto. No ha hecho mas que devolver a sus lecturas algo del placer que le causaron. 

Ko Un nació en Gunsan, Corea en 1933, es poeta, novelista, ensayista, traductor y crítico literario, desde hace algunos años es candidato permanente al Premio Nobel de Literatura de la Academia Sueca de Letras y ha recibido numerosos reconocimientos por su trayectoria literaria. Sus poemas se escriben con una sencillez engañosa que parece describir, pero interpreta a la vez que atraviesa sin dificultad alguna los sentidos convencionales para instalarse en una zona equivoca y atrayente. De el dijo Allen Ginsberg que era "un poeta magnífico, combinado con un sabio budista, un apasionado político libertario y un historiador de la naturaleza.”


Alma

Éramos escarabajos.
Éramos polillas.
Éramos grillo de pino.
Nos lanzamos ciegamente a cualquier fuego.
Después de morir regresamos, éramos
bebés recién nacidos, éramos olas que se agitaban toda la noche sin parar.
Tú y yo en aquellos tiempos.

Dos ciegos

En Changmi-dong, Kunsan,
varias personas ciegas viven juntas,
varias personas ciegas que son buenas con los masajes,
felices juntas.
Si llega una llamada para que uno vaya a una posada,
un hombre mayor lleva a una joven
y juntos toman los bastones,
es una ruta familiar, incluso si no pueden ver,
porque la toman todo el tiempo.
Sus bastones apenas tocan el suelo.

Ese hombre ciego no es su padre, ella no es su hija,
pero las relaciones adoptivas entre ellos son firmes.
La que usa lentes oscuros y no
tiene miedo a la lluvia, es la hija.
El que tiene los ojos abiertos, sin ver una sola cosa,
guiando el camino, es el padre.                                        
Cuando no hay nadie

hablan en tonos bajos
y ríen: cosa que de otro modo no hacen.
En medio de toda la perversidad del mundo
hay bondad también:
incluso la oscuridad puede ser una bendición.
























































Memoria de las tumbas

¡Cómo me gustaban las tumbas en mi juventud!
680 tumbas en el cementerio público Hwangdeung de Chollabokdo
y también las tumbas del Cementerio Sarabong en la Isla Jeju.
En el camino a casa de noche
me recostaba y me dormía junto a ellas.
Se propagaba el dicho en la Isla Jeju,
que mis amigos me llamaban el Fantasma de Sarabong.

El día en que alguien moría y una nueva tumba se edificaba,
¡ah, qué gran día era para mí!
“¡Tú, también, has venido hasta acá finalmente!
¡Bienvenido!
¡No hay mejor lugar que éste!” Le decía.
Qué día tan magnífico era para mí.

Un día después de eso
estaba totalmente borracho,
pasé por esa tumba,
me desmayé y me quedé dormido,
fui mordido por un ciempiés en el amanecer.
Por una semana completa uno de mis cachetes
se me hinchó del tamaño de una calabaza
aquello fue un gran escozor.

Una vez antes de que me volviera un monje novicio
en mi camino al Templo de Miraesa en Tongyeong
me pasé un mediodía en un cementerio
olvidándome completamente del encargo que me habían hecho.
Más tarde el monje principal me reprendió rigurosamente.

Hace décadas que pienso en esto
y ahora finalmente lo he entendido:
los animales no hacen tumbas.
Los animales son mejores que los humanos.
Ellos son mejores que Dios.
Siempre y cuando no dejen tumbas
son varias veces mejores que yo.

¿Entonces fue esto todo lo que al final aprendí
de amar demasiado a las tumbas,
hacer un gran alboroto,
llorando y sonándome la nariz?

Las versiones de estos poemas son de Adalberto Garcia Lopez y Andrea Rivas los dos primeros y de Mario Bojorquez el último.



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