El Arte del Decir (XL)
En la poesía no hay temas memorables ni específicos. Escribir poemas es posible hacerlo de cualquier cosa. Esto es un rasgo moderno. En el pasado la poesía épica parecía desmentir está afirmación, toda vez que sus temas eran heroicos y gloriosos, pero no puede dejarse de notar que en los mejores poemas épicos flota el fantasma del fracaso del héroe, de la traición, del desaliento lo que hace a la poesía épica que recordamos un comentario sobre lo más humano del hombre, que es cuando su acto falla y se convierte por eso, en un acto verdadero.
Kikí Dimulá (1931-2020) fue una poeta griega dueña de una voz precisa y que no desdeño referirse a los temas más banales, tal como se ve en el texto que publicamos: una reflexión sobre el polvo y las limpiadoras que tiene un desenlace
inesperado y profundo.
POLVO
Compadezco a las amas de casa
por el modo en que luchan
para quitar el polvo de su hogar cada mañana;
polvo: última carne de lo descarnado.
Escobas escobillas
escurridores plumeros sacudidores
bayetas y estropajos payasos
ruidos y formas lo mismo que acróbatas,
como látigo caen los movimientos
sobre el polvo doméstico.
Cada mañana balcones y ventanas
amputan una acción y una excitación:
cabezas incorpóreas saltan como un yoyó,
manos sobresalen, se retuercen
como si algo las matara desde dentro,
cuerpos rotos por la mitad
que al agacharse fueron serruchados.
Otra rotura más de lo Entero,
que sin cesar se rompe,
antes de existir se rompe
como si eso fuera exactamente su objetivo,
no existir.
La vida entera dicen otros.
A santo de qué entera
con un metro roto que lleváis siempre
¿y nosotros medimos?
Palabra deplorable lo Entero.
Corpulenta trastornada deambula.
Por eso los tronados metros la llaman trastornada.
Sacudiendo siempre sacudiendo
para quitar el polvo de las superficies poco profundas
para quitarlo de los profundos nidos del sueño,
sábanas y cobertores.
Y las ocasiones
en las que el cuerpo salta asustado
de noche aullando Dios mío me disminuyo,
se sacudirán también ellas como polvo,
polvo la reducción y el susto.
No aguanto estas sacudidas
que obligan a exponer los problemas familiares.
Infladas almohadas del sueño
golpeadas con furor y yo temo,
tiemblo para que no se estropeen:
son de cristal los testamentos de los sueños allí dentro.
Todos los sueños tienen por heredero un sueño
jamás una persona.
Tiemblo, tanta desheredación universal,
no aguanto que se sacuda como polvo.
Golpean las alfombras
para quitar el polvo de los nidos dibujados,
que se arroje de los puentes de los colores.
Y el paso presuroso que se distingue
enloquecido aquí y allá dentro de la casa
sobre la plana confianza de las alfombras
que no oigan los del piso de abajo qué camina
que no oigan qué no camina a la par,
se sacudirá él también como polvo.
No aguanto estas sacudidas
que obligan a exponer los problemas familiares.
Compadezco a las amas de casa
por su trabajo estéril.
El polvo no se quita, no se agota.
Cada vez que el tiempo se encuentra con el tiempo
se firma un nuevo acuerdo de polvo.
Las precauciones que él —lo Limpio
y lo Estable— adopta, acaban siendo medios para su regreso.
Lo trae el mejor, el número uno.
No he visto superficies más polvorientas que ellos.
Hasta la Luz, siempre limpia
se vuelve una transportadora alegre del polvo:
es un milagro verla
cómo avanza inmóvil sobre el rayo solar,
igual que si pisara sobre una escalera mecánica
de aquellas modernas, las hipnotizadas,
con los escalones castrados.
Se transporta
visible como aire molido grueso
para volver a entrar por las ventanas abiertas,
sus leyes abiertas.
Nuestra existencia es su casa y su futuro.
Yo, desordenada como soy, lo dejo sentarse
a estudiar sobre el lomo de un libro
que trata de la Vejez.
Sobre la fotografía juiciosa de mis hijos
cuando me llevaban puesta
blanca, almidonada, redonda Madre
cosida flojamente por dentro
con puntadas invisibles, ligeras
en su uniforme escolar.
Ahora mis hijos se han vestido de Personas Mayores,
el polvo tiene ahora puesto su uniforme escolar
el cuello redondo,
el polvo se viste de Madre
—así habrá de coser
las relaciones y las dependencias,
con costuras ligeras y flojas,
para que las puedan descoser fácilmente.
Yo nunca quito el povo
del atleta de bronce
que adorna el gran reloj de bronce.
Sus miembros tan musculosos
parecen enfadados.
Quizá porque lo obligan a ejercitar
algo muy invisible,
tal vez ejercite el tiempo,
tal vez el tiempo quiere y puede
correr más rápido de lo que corre.
Rendimiento que hace feliz al polvo.
Se posa sobre mi espejo,
es suyo, se lo regalé.
¿Qué haría yo con un campo baldío?
Dejé de cultivar mis caras allí dentro,
no tengo ganas de arar cambios
y de duplicarme distintamente.
Lo dejo sentarse
lo dejo llegar
que llegue con la bolsa
lo dejo que se desparrame sobre mí
como si fuera el cuento molido de una gran historia,
lo dejo que venga rápido muy rápido
como si fuera el tiempo que se ejercitó
para correr más velozmente de lo que corre
y el polvo pesado, gordinflón está sentado,
lo dejo sentarse, retrasarse,
gordinflón me cubre, lo dejo
que me cubra lo dejo
me cubre
que me olvides lo dejo
que me olvides dejo
que me olvides
que te olvides
te dejo
porque no aguanto estas sacudidas
que obligan a exponer los problemas familiares.
de Símbolos solubles, Ediciones Linteo, Ourense, 2010
Traducción de Nina Anghelidis
(Extraído del blog EG, al cual agradezco)

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