El Arte del Decir (XXXVII)
La música es una arte misteriosa, ya que prescinde de las palabras, pero no de la voz, para hacernos viajar a mundos impensados y desatar en nosotros ideas y emociones variadas. Digo que no prescinde de la voz para indicar no la voz de los cantantes (aun cuando esta puede alguna vez presentificarla) o de los coros, sino del objeto voz, ausencia que estimula en nosotros el deseo del oír, de escudriñar con nuestras orejas tanto los secretos como los goces ajenos. En este sentido la música de las palabras, que es el sonido y sus combinaciones prescindiendo del sentido, es parte del arte de la poesía. Y aquí creo que no caben mas distinciones que la que hace a un poema utilizar el recurso de la rima o su ausencia, basándose mas bien en el el ritmo de las palabras. Tanto la rima como el ritmo, la medición de los versos, los cortes, los espacios en blanco y la ubicación de las palabras en la vasta llanura del papel son parte de esa música, muchas veces inaudible pero que opera como causa en muchísimos poemas y nos conforta, nos inquieta, nos turba o nos alegra, sin que sepamos cómo ni porqué.
Mihaela Moscaliuc nació y creció en Rumania, aunque actualmente reside en Estados Unidos. Su escritura tiene la facultad de crear imagenes poderosas y una narración donde no todo está explicado. Su apelación a lo no dicho, está presente siempre, pero particularmente en el último de los poemas que transcribo.
ODA A LAS PRIMERAS MENTIRAS
Una vez que has probado la sangre, no puedes detenerte,
dice mi padre, mientras el perro cae y yo lo veo,
sin estar segura qué sigue: cómo enterrar
al que has matado con tus propias manos,
cómo llorar su muerte, cómo reemplazarlo.
Solo los perros, me repito a mí misma, solo los perros
no pueden detenerse nunca.
ME PREGUNTAS POR QUÉ TE RESPONDO CON ABEJAS
Puede que ya sepas los datos: las reinas
escogen el sexo de sus óvulos, los padres
son asesinados por indolencia; bajo el hechizo
de hembras estériles florecen 8.7 millones
que destilan dentro de una libra de miel,
y puede que hayas notado la compartida
devoción con la que despiertan:
colina de arándanos y parcelas de
calabaza – (mientras la reina
mira desde su forzada reclusión;)
mientras que desde su forzada reclusión
la reina foránea observa.
el centinela come a través de la tapa del dulcero
(los dulces más duros) y ruega que crezcan
dóciles, olvidadizos en la confusión
del heno quemándose, ruega que aprendan
su aroma muy íntimamente
para proseguir con la matanza.
Si has seguido la compleja sintaxis
de su hambre, ya debes haber adivinado: el cambio
es posible. Cuando las flores aparecieron,
las abejas renunciaron a los insectos, alteraron
la historia, forjaron dependencias
duraderas: algunas prosperaron
en un sólo tipo de flor, algunas flores
se entregaron a un tipo de abeja, la reina
sobrevive y es amada, aunque ella permanece
extranjera. Los hambrientos no esperan
a ver la colonia colapsar; no
esperes una respuesta
y además, sólo conozco el lenguaje
de las abejas, el que tú me enseñaste –
Qué rápido olvidaste
el zumbido que presionaste
sobre mi omóplato, el consagrado
aguijón y toda esa plática
de los poderes curativos del veneno.
AUTORRETRATO: LOMBRICES
Al atardecer su respiración se volvía tan agotadora que
la niña debía concentrarse: atrapar el aire,
forzarlo hacia pozos de inflamado
músculo, vencer todos los obstáculos, así como
en los cuentos de hadas, porque ella era
la heroína destinada a vivir y deshacer
alguna vaga maldición, alguna fruta prohibida
que hacía a los doctores encogerse de hombros y a las viejas señoras
santiguarse. Ella se anticipó
al peligro con un tibio escalofrío
aunque algunas noches, la labor era tan difícil
que la llevaban de urgencia al hospital.
Dieciocho meses, este caso peculiar de asma
mientras que la joven palidecía
¿qué pasaría si no pudiera morder
el aire lo suficiente? ¿qué pasaría si
en vez de aire, ella no encontrara
nada? ¿qué pasaría si
mordiera
la nada?
Ella había adelgazado
hasta el aire, así que el doctor ordenó más exámenes,
miles de lombrices
deslizándose hacia arriba para incubar
en el tibio esófago –
un último festín oreado antes de que el andrajoso baile
expire y una nueva paleta de hebras
reanude el ciclo. Compartieron su respiración,
ella les prestaba su cuerpo,
aunque para ese entonces todos estaban muriendo
en tes e infusiones de ajenjo.
Ella creció, se mudó y curó
los parásitos de sus hijos con Pyrantel.
Ella ya no recuerda sus viejos miedos
pero todavía siente el sabor del aire, y su fascinación
por desaparecer.

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