El Arte del Decir (XXVI)
La muerte, que nos visita o nos visitará a todos, es un límite, el límite mas certero de nuestra existencia. Cuando jóvenes pensamos muy poco en ella (por orgullo, por creer que esas satisfacciones no cesarán jamás) y cuando ya mas entrados en años seguimos haciéndolo. Pero si hemos vivido bien, ya la tenemos instalada en nuestras vidas. De la muerte se han dado numerosas representaciones, pero creo que la mas sutil la pensó Freud, cuando dice, como al pasar que es la muerte de las personas queridas la que verdaderamente nos afecta ya que de la propia, no hay en el inconsciente, representación alguna. Sufrir (pero no desgarrarse), entristecerse (pero no amar a la melancolía) y evocar (pero no vivir en lo perdido) son datos de nuestra existencia subjetiva insoslayables, datos que, a veces, constituyen la mejor poesía, cuando se escribe sin tener la esperanza de recuperar jamás lo perdido, sin confundir el recuerdo o el poema con aquella que amábamos, con ese que competíamos, incluso con el objeto mas anodino que es una parte familiar de nuestros recuerdos. Cantar a la ausencia, cuando el poema es bueno, es sustituir. Sustituir con una nueva presencia (la de las palabras) el agujero real de nuestra existencia sin hacerlo desaparecer, por supuesto.
Lawrence Felinghetti (1919-2021) acaba de morir y con eso se cierra una de las experiencias mas interesantes de la poesía en Estados Unidos: la beat generation, los hombres y mujeres que, en la posguerra, trastocaron la lengua y la cultura, colocaron a la poesía en relación con la gente común. Ferlinghetti fue de esa generación: sus poemas, conmovedores, utilizan una lengua aparentemente sencilla, pero la hace producir un efecto poético que deslumbra y conmueve. Aquí, pues, dos poemas para admirar ese destino.
La luz cambiante
La luz cambiante en San Francisco
no es nada de tu luz de la Costa Este
nada de tu
luz perlada de París
La luz de San Francisco
es una luz de mar
es una luz de isla
Y la luz de la niebla
cubriendo las colinas
se desplaza en la noche
a través del Golden Gate
para recostarse sobre la ciudad al amanecer
Y luego las lentas mañanas serenas
después de que la niebla se quema y el
sol pinta casas blancas
con la luz del mar de Grecia
con finas sombras limpias
haciendo que la ciudad parezca como
si la acabaran de pintar
Pero el viento sube a las cuatro en punto
barriendo las colinas
Y luego el velo de luz temprano por la tarde
Y luego otro lienzo
cuando la nueva niebla de la noche
entra flotando
Y en ese velo de luz
la ciudad navega
sin anclas sobre el océano
(traduccion de Arturo Avila)
A todo animal que come o dispara a su propia especie…
A todo animal que come o dispara a su propia especie |
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