El Arte del Decir (XXX)

La melancolía, la perdida sutil o brutal de los objetos, el lento (o rápido, a veces) alejarse de las personas, lugares y objetos amados de la tierra, son estados de ánimo que han producido notables poesías. Particularmente me gustan los escritores que hacen de la melancolía una posición literaria, no una enfermedad, ni un desgarro de su ser. Celebrar lo que se ha perdido, es también una forma de estar vivo, pero no hay que insistir demasiado en eso, puesto que la vida rápida, suele llevarnos por otros derroteros. Demorarse es fatal. Pero un pequeño gusto de la tristeza ennoblece la buena literatura.
Salvatore Quasimodo (1901-1968) fue un notable poeta italiano, nacido en Sicilia, recibió el Premio Nobel en 1959 y se caracterizó por poemas de profunda raigambre sentimental, pero en los cuales la belleza de las imágenes y lo contenido de su expresión marcan un maravilloso efecto de lírica sutil, delicada, tenue y decidida.

De una tierna mujer echada entre las flores
Se adivinaba la estación oculta
por el ansia de las lluvias nocturnas,
por los cambios de las nubes en el cielo,
undosas leves cunas;
y yo estaba muerto.
Una ciudad suspendida en el aire
era mi último exilio,
y en torno me llamaban
las suaves mujeres de otros tiempos,
y la madre, renovada por los años,
con su dulce mano escogía entre las rosas
y con las más blancas ceñía mi cabeza.
Afuera era de noche
y los astros precisos seguían
ignotos caminos en curvas de oro
y las cosas vueltas fugitivas
me llevaban a rincones secretos
para hablarme de jardines abiertos de par en par
y del sentido de la vida;
pero a mí me dolía la última sonrisa
de una tierna mujer echada entre las flores.

Y, de pronto, anochece
Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.

En las frondas de los sauces
¿Y cómo podíamos cantar
con el pie extranjero sobre el corazón,
entre los muertos abandonados en las plazas
sobre la hierba dura de hielo, ante el lamento
de cordero de los niños, ante el alarido negro
de la madre que iba hacia su hijo
crucificado en el poste del telégrafo?
En las frondas de los sauces, como ex votos,
también nuestras liras estaban colgadas,
oscilaban leves bajo el triste viento.
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