El Arte del Decir (XXXII)
El habla y el pensamiento suelen ponerse en lugares homólogos. Casi como si concibiéramos que pensar es hablar con palabras "interiores" y hablar es poner nuestro pensamiento en sonidos. Sin embargo, cuan lejanos están el uno del otro! Nuestra habla nos hace proferir vocablos en los cuales jamás hubiéramos pensado y no sólo por educación, sino fundamentalmente por cordura. En verdad creo que decir es lo prioritario y mucho mas tarde, concebimos esos artefactos deslucidos que llamamos "pensamientos". Y no sólo porque el tiempo así lo dispone, ya que estamos embebidos en la lengua mucho antes de concebir ni una sola de nuestra representaciones, sino porque la estructura de las cosas muestra a todo momento la primacía de la lengua sobre "the mind" (como les gusta decir a los anglosajones) y como los vocablos nos gobiernan imperceptiblemente y como los peces, morimos inevitablemente ante el anzuelo del decir.
Cesar Vallejo (1892-1938) fue un poeta peruano que trastocó el arte de decir en español y provocó una conmoción de la que todavía padecemos sus efectos. Sus poemas muestran con abundancia de recursos, la extravagante situación el hombre en el mundo y sus padeceres complejos y muchas veces banales.
París, Octubre de 1936
De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.
De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.
Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.
Y si después de tantas palabras...
¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!
¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
¡Levantarse del cielo hacia la tierra
por sus propios desastres
y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!
¡Más valdría, francamente,
que se lo coman todo y qué más da...!
¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!
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