El Arte del Decir (XXXI)
El arte, no la ciencia, de producir belleza, conmover al lector o al espectador, velar la herida de la existencia, consolar a los débiles, humillar a los poderosos, golpear al ser para que dé una respuesta, decidir el silencio, la pausa, como una forma de expresión, todas estas características dominan, desde luego, la literatura y la convierten en una forma resistente a la dimensión de la utilidad. En efecto ¿para qué sirve escribir, peor aún, para qué sirve leer? Entiendo que se puedan asignar funciones a esa operación, pero en el fondo su inutilidad es lo que brilla en la oscura noche de los tiempos. Para no ponernos demasiado líricos concluyamos diciendo que las letras, como todas las artes, son un plus, un más que se ha agregado a nuestras vidas para que lo real se embellezca por un instante.
Wystan Hugh Auden (1907/1973) fue un poeta inglés posterior a la ola renovadora de Eliot y Pound, y crítico de éstos. Su poesía es notable por la sutileza de sus imágenes y sobre todo, por la precisión al retratar el drama humano. El primer poema es una prueba es esto: la muerte desapercibida, mientras la vida sigue. El segundo dibuja con ajustado detalle el sentido de los escritos de otro grande: Herman Melville, anotando además el carácter mas allá del padre del acto de escribir.
Musée des beaux arts Nunca se equivocaron sobre el sufrimiento los Viejos Maestros; qué bien entendieron su lugar en lo humano; cómo sucede mientras otros por ahí abren una ventana, comen o en algún lado caminan sin fijarse; cómo, mientras los ancianos apasionadamente esperan el milagroso alumbramiento, debe siempre haber niños patinando en un estanque a la orilla del bosque que no tienen especial interés en que suceda; nunca olvidaron que incluso el temible martirio debe seguir su curso a como dé lugar en una esquina, en algún lugar sucio donde llevan los perros su vida de perros y el caballo del verdugo se rasca el trasero inocente contra un árbol.
En el Ícaro de Brueghel, por ejemplo: cómo se aleja todo, placenteramente, del desastre; el labrador pudo haber oído el chapoteo, el desamparado grito, pero para él no se trataba de un fracaso importante: el sol brillaba como debía en las blancas piernas que desaparecían entre las aguas verdes; y el airoso y delicado buque, que algo asombroso debió ver —un niño que caía del cielo— tenía que ir a algún sitio y navegó con calma.
Herman Melville
Al final casi, navegando, entró a una calma singular y ancló en su casa y alcanzó a su esposa y bogó en la ensenada de sus manos y cada mañana cruzaba a la oficina como si fuera otra isla su trabajo.
Existía el Bien: esto era su nueva ciencia su terror tuvo que alejarse totalmente para que se diera cuenta; mas fue lanzado por el viento allende el Cabo de Hornos del éxito razonable que aúlla: “Esta roca es el edén. Aquí naufraga”.
Pero que lo ensordeció con truenos y lo aturdió con relámpagos: —el héroe lunático cazando, como a una joya, al raro monstruo ambiguo que mutiló su sexo, odio por odio hasta vaciarse en grito, sobreviviente imposible arrebatado al delirio— todo eso era falso y complicado; la verdad era simple.
Nada espectacular el Mal, y siempre humano, comparte nuestra cama y come en nuestra mesa, y nos presenta al Bien todos los días, hasta en las estancias rodeadas de yerros; tiene un nombre (como “Billy”) y es casi perfecto aunque porta como un adorno su tartamudez: y cada vez que se topan tiene que pasar lo mismo; es el Mal el que es desvalido como un amante y busca pleito hasta encontrarlo y ambos son destruidos abiertamente ante nosotros.
Pues ahora se había despertado y ya sabía que nadie se salva mientras no sea en sueños; pero había algo más que había sido trastocado por la pesadilla—
incluso el castigo era humano y era una forma de amor: la quejosa tormenta había sido la presencia de su padre y había sido llevado siempre en el pecho de su padre.
Que con delicadeza lo había descendido ahora para abandonarlo. Se puso de pie sobre el balcón angosto y escuchó y todas las estrellas arriba cantaron como en su infancia “Todo, todo es vanidad”, pero ya no era lo mismo; porque ahora las palabras cayeron como el sosiego de las montañas —Natanaél fue tímido por ser su amor egoísta— pero ahora gritó, transportado y vencido, “La divinidad se ha roto como un pan. Nosotros somos los pedazos.”
Y se sentó en su escritorio y escribió una historia.

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