El Arte del Decir (XXVII)
La lengua que hablamos y que, fundamentalmente, nos habla, tiene en el humor un mecanismo particular de producción de nuevas significaciones y de situar un cierto desasimiento, una liberación, un desprendimiento de conflictos y de estupideces que lastran nuestra vida a diario. El humor es algo que, instantáneo, nos transporta a una comarca donde algunos de nuestros deseos se cumplen de manera risible. En este sentido el ridículo de uno mismo, como un personaje, habita de manera notable la literatura. Tanto en escritos novelísticos como El Quijote o Gargantúa y Pantagruel, hasta la chisporroteante prosa de Joyce, el humor atraviesa las letras y compone situaciones donde la risa (o al menos la sonrisa) es la unica forma de tolerar el sinsentido de la vida. Aunque delicada para solucionar los atolladeros de nuestra existencia, ya que se desbarranca muy rápidamente hacia el cinismo, posición que despoja a la realidad de cualquier calor ficcional para convertirlo en un paramo helado, la risa, puede sin, embargo acompañar a un personaje y, como un alter ego no reconocido de un escritor, hacerlo padecer lo que no querríamos y, sin embargo, deseamos. En este sentido la poesia con un tono humorístico, tiene quizas una frecuencia menor que la tragica o romántica, pero no por eso, deja de ser eficiente.
El poeta Alfredo Veiravé (1921-1991) entrerriano, si consideramos su lugar de nacimiento, pero chaqueño si lo hacemos de acuerdo con su vida, supo conjugar un uso del humor tierno y profundo, que le permite pasar a otros planos de la vida, sin esfuerzo alguno. Sus poemas nos permiten acceder a significaciones impensadas, como sucede en toda buena poesía.
como torres me despierta temprano
se pasea por el hueco que dejamos los dos entre medio
y pone en la vitrola discos de Gardel o Joan Baez
me lee —es un decir— los últimos poemas ya borracho
alucinatorio Dylan Thomas A propósito escribe mal su
apellido y de
pronto un golpe de amigos lejanos me sube por las
[piernas
pido un mate y la veo pasearse desnuda entre
los huecos del tango
“las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo,
[¿viste?”
y me digo con alegría hoy no iría para nada al empleo
si no estuviera realmente
piantao piantao como ella me dice pero Claudia Cardinale
[me
consuela me
arregla el pelo con ternura italiana
me cuenta con sus dedos larguísimos y sus uñas violetas
las seis o siete arrugas horizontales de
la frente (casa de los gusanos en la morera
templo del dios del trópico
escritura de puertas cerradas
el lugar donde los pensamientos eróticos se
[sientan
en cuclillas mariposa que imagina rápidamente
[el golfo estrecho
de Magallanes de tu cintura la magia
[de esos pantalones
ajustados)
después se mete en el pecho
(departamento horizontal en pleno campo con
vistas
a las
vacaciones anuales a los días sin nada y sin nadie
la máquina del mundo que pusiste a andar adentro
de mí, gramaticalmente correcto)
y me dice con tranquilidad no exenta de ironía
(la inocencia como estado ahistórico)
que no tengo la obligación de escribir poesía de
[compromiso
o canciones de protesta que
nuestro amor es puro
y que nada nos salvará
cuando ella se haya ido cuando yo detenga los dedos
[sobre
los broches de su corpiño Inútilmente me dejo arrastrar
por las dudas y después me siento a escribirle este poema
que le dirá “buen día Claudia” “tomemos juntos el
desayuno” No sé por qué la historia contemporánea
[de América
Latina no consigna estos detalles feroces
pero lo que sé
muy bien es que Claudia y yo nos amamos como dos
[buzos
bajo el mar como dos caracoles bajo la playa
como dos turistas en Venecia como dos espinas de la
corona
de Cristo en un relicario como dos
sombras revolucionarias de espaldas en la tierra.
Hormigas
Delicadamente transportan grandes piedras para
las pirámides de los faraones
apenas se tocan desde lejos
con las antenas versátiles
tristemente ignoran el sentimiento de los
amantes separados en los aeropuertos
y tampoco nada sintieron dentro del hormiguero
cuando la noticia de la muerte de Chaplin
recorrió el mundo en su silla de ruedas.
Según los especialistas de ciencias naturales
toda esa soledad de las hormigas no se siente
simplemente
porque no se acoplan porque sus huevos
son fórmulas del anonimato,
y porque de la lluvia sólo sienten sustancias líquidas
no sus nostalgias y eso
les impide silbar un viejo bolero de Armando Manzanero.

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