El Arte del Decir (XXIII)
El dolor de existir es un dato indiscutible en nuestras vidas. Es que ellas son discordantes con la naturaleza, son todo "sonido y furia" como afirmaba Shakespeare. Normalmente ese dolor aflora solo en ciertos momentos, cuando perdemos a una mujer que amábamos, cuando un amigo muy querido desaparece de este mundo, cuando nos damos cuenta que alguna experiencia ya no volverá. De carácter sordo y persistente suele ser pasajero y volvemos a la vida en cuya superficie bubujean innumerables entretenimientos que nos hacen olvidar la precariedad de nuestra existencia. Así debe ser, eso es lo lógico, ya que la melancolía es mala consejera puesto que rechaza la muerte, la segunda muerte, esa que nos habilita para la vida. Mientras sea posible debemos vivir con la serenidad de saber que no es para siempre y que, por eso, tenemos la obligación ética de construir algo.
Charles Baudelaire (1821-1867) es el padre indiscutible de la poesía moderna. Es por ser un clásico que no puede ser olvidado. Es por ser impresionantemente moderno que hoy lo incluimos. Sus versos nos hacen ver siempre lo precario de la existencia unido a un combate humano que se sabe fatal e inexorablemente derrotado. Pero, a pesar de esa imposibilidad de triunfo, la poesía sabe cantar la sabiduría de los gatos y la atracción terrible de los abismos.
El Gato
I
En mi cabeza se pasea,
como en su propio aposento,
un bello gato fuerte, suave y encantador.
Cuando maúlla, apenas se le oye,
de tan tierno y discreto que es su timbre;
pero su voz, ya se apacigüe o gruña,
es siempre rica y profunda.
Ahí está su atractivo y su secreto.
Esta voz, que gotea y se filtra
en mi interior más tenebroso,
me invade como un verso cadencioso
y me refocila como un bebedizo.
Ella adormece los dolores más crueles
y contiene todos los éxtasis;
para decir las frases más largas
no necesita palabras.
No, no hay arco que rasque
mi corazón, instrumento perfecto,
y que haga con más majestad
cantar su cuerda más vibrante,
que tu voz, gato misterioso,
gato seráfico, gato extraño,
en quien todo, como en un ángel,
es tan sutil como armonioso.
II
De su pelaje rubio y moreno
sale un perfume tan suave, que una noche
me impregné de él porque una vez
lo acaricié, solo una.
Es el espíritu familiar de la casa;
él juzga, él preside, él inspira
cualquier cosa en sus dominios;
¿es quizá un hada, es un dios?
Cuando mis ojos, hacia ese gato que amo
atraídos como por un imán,
se vuelven dócilmente
y miro entonces en mí mismo,
veo con sorpresa
el fuego de sus pupilas pálidas,
claros fanales, vivientes ópalos,
que me contemplan fijamente.
El Abismo
—¡Todo es pozo sin fondo, ay, acción, deseo, sueño,
palabra! y a menudo, rozando mis pelos erizados,
he sentido pasar el viento del Miedo.
Arriba, abajo, en todas partes, lo profundo, lo inhóspito,
el silencio, el espacio horroroso y cautivador…
Sobre el fondo de mis noches, Dios, con su dedo sabio,
dibuja una pesadilla multiforme y sin tregua.
Tengo miedo del sueño como se teme un gran túnel,
repleto de vago terror, camino hacia quién sabe dónde;
no veo más que infinito por todas las ventanas,
y mi espíritu, siempre acosado por el vértigo,
envidia la insensibilidad de la nada.
—¡Ah, no poder nunca evadirse de los Números y los Seres!
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