El Arte del Decir (XXII)


¿Cómo se habla de lo que no tenemos palabras? ¿Cómo se mencionan ciertas experiencias inefables que habitan a algunos hombres y mujeres? ¿Qué se hace con aquello que está en las puntas de nuestra lenguas pero es imposible de ser dicho?
Lo que mencionamos no es nada menos que la mística, experiencia que resultaba una forma de locura para los envarados psiquiatras de la Ilustración, desvío delirante de las luchas revolucionarias para los cultores de un marxismo casi religioso y pérdida de la adaptación necesaria para los buenos negocios en la versión de un liberalismo económico decididamente rastrero. Asimismo sospecha de herejía (antiguamente) o de psicosis (actualmente) de las Iglesias mas destacadas, sin que ninguna de esas desconfianzas haya servido para eludir su presencia.
Jacques Lacan se refirió a la mística como una forma de satisfacción inconsciente, mas allá del falo, o sea de la forma de satisfacción mas común, aun cuando a veces sea resistida. Indicó que ese goce, es un goce predominantemente femenino, aun cuando hay hombres "como San Juan de la Cruz" a quien no le molestaba sentir ese goce diferente del cual decía que es un goce que se se siente, pero del que no se puede decir nada.
Entre la mística y la poesía hay vasos comunicantes. No es de extrañar ya que ambas son experiencias a las que les gusta rodear lo incomunicable.
Adam Zagajewski es un poeta polaco cuya obra pertenece a la llamada generación del 68. Dueño de un lenguaje claro y preciso, el primero de estos poemas comenta algo del tema místico poniéndolo en relación con la belleza del mundo. En el segundo, por el contrario, es el amor (ya pasado) por una mujer lo que hace existir la experiencia poética.

Misticismo para principiantes

El día era suave, la luz era generosa.
El alemán en la terraza del café
sostenía un pequeño libro en su regazo.
Dí un vistazo al título:
Misticismo para principiantes.
De repente comprendí que las golondrinas
patrullando las calles de Montepulciano
con sus silbidos agudos,
y la plática apresurada de tímidos viajeros
del Este, de la llamada Europa Central,
y las garzas blancas de pie —¿ayer? ¿el día anterior?—
como monjas en campos de arroz,
y el crepúsculo, lento y sistemático,
borrando los contornos de casas medievales,
y los olivos en pequeñas colinas,
abandonados al viento y calor,
y la cabeza de la Princesa Desconocida
Que vi y admiré en el Louvre,
y vitrales como alas de mariposa
rociadas por el polen,
y el pequeño ruiseñor practicando
su discurso al lado de la carretera,
y cualquier viaje, cualquier tipo de ruta,
son sólo misticismo para principiantes,
el curso elemental, preludio
para una prueba que ha sido
pospuesta.

Trata de alabar el mundo mutilado

Trata de alabar el mundo mutilado.
Recuerda los largos días de junio,
y las fresas silvestres, gotas de rosado vino.
Las ortigas que metódicamente proliferan
en las casas abandonadas de exiliados.
Debes alabar el mundo mutilado.
Tú observaste los estilizados yates y los barcos;
uno de ellos tenía un largo viaje por delante,
mientras que el salado olvido aguardaba a otros.
Tú has visto a los refugiados yendo a ningún sitio,
tú has oído a los verdugos cantar alegremente.
Debes alabar el mundo mutilado.
Recuerda los momentos cuando estábamos juntos
en una habitación blanca y la cortina ondeaba.
Regresa en el pensamiento al concierto donde la música se encendía.
Tu recogías bellotas en el parque en otoño
y las hojas se marchitaban sobre las cicatrices de la tierra.
Alaba al mundo mutilado
y a la pluma gris que un zorzal perdió,
y la suave luz que se desvía y desaparece
y regresa.


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