El Arte del Decir (XXI)

Entre las pasiones (así, por lo menos la clasificó Descartes) la alegría es una que sobresale sin esfuerzo entre todas. El buen tono de la vida, el exaltarse ante algo excelente que nos pase a nosotros o al semejante, la sonrisa que descansa de los sucesos del día, el humor que, cuando es alto, tiende a elevar a todos los que lo participan, son elementos que dignifican nuestros días , que los tornan no sólo agradables, sino capaces de ser vividos. Lo bueno ( y no me equivoco al escribir esto) de la alegría es que ella es pasajera. Es un instante, un momento, y luego se extingue para dar lugar a otras pasiones. En en este carácter transitorio donde reside su importancia. Porque pensemos por un instante en su contrapartida: la tristeza. Esta tiene (aunque no lo sea) siempre el carácter de eternidad mientras dura. Nos es difícil levantarnos de ese estado ya que el susurra a nuestros oídos que debe ser para siempre, que estamos condenados a ella. Si es cierto lo que dijera Jacques Lacan (recordando a Dante) que la tristeza es el único pecado, no es difícil comprender que su tono de eternidad (falso pero coherente) es lo que lo asemeja más al infierno descripto por moralistas y poetas.

Por eso, no hay que confundir la fugacidad de la alegría con la tristeza, esa fugacidad es un carácter esencial de esta pasión y por eso mismo, la valoramos y debemos gozarla sin escrúpulos y sin demoras.

Raymond Carver (1938-1988) fue un enorme escritor norteamericano, famoso por sus cuentos pero menos conocido por sus poemas de los cuales publicó seis libros durante su vida. La magia de sus escritos reside en una capacidad única para percibir en los detalles, las grandezas y miserias de una vida y sin moralismo alguno, elevarlas a la categoría de paradigmas sin que nos demos cuenta. Particularmente hermoso me parece el ultimo poema, donde la fugacidad de la felicidad es comparada a un amanecer bello y tranquilo. Y no dejen de prestar atención al primero donde se ve como se paga el convertir una tristeza en una alegría literaria.


TU PERRO SE MUERE

lo atropella una furgoneta.
lo encuentras a la orilla de la carretera
y lo entierras.
te sientes mal.
te sientes mal por ti mismo,
pero te sientes peor por tu hija
porque era su mascota
y lo quería mucho.
solía canturrearle
y lo dejaba dormir en su cama.
escribes un poema sobre ello.
lo titulas un poema para tu hija
y trata del perro al que atropella una furgoneta,
de cómo te ocupaste de él,
lo llevaste al bosque
y lo enterraste hondo, muy hondo,
y el poema sale tan bien
que casi te alegras de que hayan atropellado
al pobre perro, si no, no habrías escrito
nunca ese poema.
entonces te sientas a escribir
un poema sobre la escritura de un poema
que trata de la muerte de ese perro,
pero mientras escribes oyes
a una mujer gritar
tu nombre, tu nombre de pila,
ambas sílabas,
y tu corazón se para.
dejas pasar un rato y vuelves a escribir.
ella grita de nuevo.
te preguntas cómo va a terminar esto.

FELICIDAD

Tan temprano que casi está oscuro todavía.
Me acerco a la ventana con una taza de café
y el atasco de siempre a estas horas de la mañana
en la cabeza.
Veo entonces al chico y a su amigo
calle arriba
repartiendo el periódico.
Llevan gorras y sudaderas,
uno de ellos con una bolsa al hombro.
Son tan felices
que no se dicen nada, estos chicos.
Creo que si pudieran, se cogerían
del brazo.
Es temprano por la mañana
y están haciendo esto juntos.
Se acercan, despacio.
El cielo empieza a cubrirse de luz,
aunque todavía cuelga pálida la luna sobre el agua.
Tanta belleza que, durante un instante,
la muerte o la ambición, incluso el amor,
no tienen cabida aquí.
Felicidad. Llega
de forma inesperada. Y sigue su camino, realmente.
Cualquier madrugada te lo dice.






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