El Arte del Decir (XVIII)
Los divinos detalles, tituló hace unos años uno de sus cursos Jacques Alain Miller. Y, en verdad, el detalle lo es todo. No solo en el análisis donde las vidas se ordenan a partir del retazos del Otro, de pequeños objetos por los que el mercado no daría nada, de frases pequeñísimas que parecen dichas al pasar. También en la poesía (por lo menos es mi gusto) los detalles definen un poema, lo convierten en una oda a lo impreciso de los objetos, a la pasioncilla que nos aturde el ánimo, a la descripción minuciosa que dice una verdad necesariamente incompleta.
Las grandes odas, los poemas donde cabe la suerte de una nación o un Imperio me parecen banales. Y eso no tiene que ver con la extensión de los cantos, sino con su intención ambiciosa e inflada de épicas que ya no nos representan. Y Ezra Pound? Y William Carlos Williams? Precisamente su esfuerzo fue componer vastos frescos a partir de detalles, una obra que describe a la humanidad como vista a través de un caleidoscopio: todas minucias, todos fragmentos animados por el sonido y la furia de la vida.
Maria Teresa Andruetto, nacida en Córdoba en 1954, es, para mi al menos, una de las voces femeninas mas relevantes de nuestro país. Sus poemas tienen un gusto por el detalle que los vuelve inolvidables. A la vez participan de un sentido de la belleza para nada clasista ni exclusivo. En los dos poemas que hoy les traigo se nota ese gusto por la composición menuda no exenta de un humor decididamente exquisito.

En mi pueblo había un cine. El dueño saludaba
a los vecinos como un cura a la entrada de su iglesia
y era el cine, en verdad, como una iglesia
a la que íbamos, por la tarde, los domingos. Estaba
sobre la ruta, frente a los trenes que cruzaban
la llanura. Por el veredón paseaban las parejas
con cucuruchos de helados y escuchaban los hombres
el partido en pantalón de baño y camiseta. En el atrio
había un kiosco y en el kiosco una mujer vendía
titas y rodhesias. Con vestidos de piqué, los domingos
por la tarde las dos íbamos al cine, a ver a Marisol,
a Doris Day, a Joselito. Un día no llegaron
las películas y pasaron un drama en blanco y negro.
Recuerdo a la salida la cabeza borracha, el veredón
donde arrastraban su tedio las parejas, los hombres
transpirando su camiseta de tira y los camiones
que rugían por la ruta , con las luces encendidas,
las primeras de la noche que llegaba.

Espuma de chocolate
Batir un manojo de claras
hasta que se vuelvan nieve.
Esparcirle el azúcar
como una lluvia tenue.
Después
disolver chocolate
en manteca
y echar esa lava caliente
a la espuma que crece.
Perfumar con oporto
o con otra bebida fuerte
y sentarse a esperar
que el amor,
ese Dios implacable,
te castigue
o te premie.



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