El Arte del Decir (XVI)
Lo inesperado, lo desagradable, lo siniestro tienen esa pátina de sorpresa , angustia y desasosiego. Como no podemos vivir entregados al azar, nuestras mentes (nunca estuvo mejor puesto ese horrible vocablo) trazan planes, definen objetivos, promesas que nos conducirán con mano firme por derroteros previamente fijados. Al costado (mas que por debajo, que evoca una imposible profundidad) el río incesante de lo fortuito pasa rugiente desacomodando sucesos, pensamientos, trazados y sentidos de la vida. Periódicamente sus olas golpean las costas conscientes y nos sacude. Lo imprevisto se hace presente y a quienes se han fijado demasiado a trayectos, la sorpresa suele golpearlos. Pero si incluimos el azar en nuestra vida, no sólo tendremos sorpresas, sino también una oportunidad de hacer con ellas algo distinto que sufrir pasivamente.
Lo cierto es que algo de nosotros se puede revelar en lo que nos ocurre por azar y el mejor camino para lograr esa revelación es un sendero de angustia.
Vladimir Holan (1905-1980) fue un poeta checo cuyas relaciones con la notoriedad fueron esquivas después de la segunda guerra y solo se reavivaron en 1963 hasta convertirlo en una referencia ineludible para los poetas posteriores. En sus poemas (como se verá) la casualidad, lo imposible y lo no calculable son una presencia cotidiana. Es muy interesante el ultimo poema, donde surge el amor como un bálsamo del azar. El poeta trata infructuosamente de domar ese azar con el lenguaje poético y, aunque no lo logra, el resultado es de una inesperada belleza.
Muerte
La arrojaste de ti hace muchos años
y cerraste el lugar e intentaste olvidarlo todo.
Sabías que no estaba en la música, de modo que cantabas, sabías que no estaba en el silencio, de modo que callabas, sabias que no estaba en la soledad, de modo que estabas
solo.
Pero, que puede haber sucedido hoy
para asustarte, como el que por la noche ve de pronto
un rayo de luz por debajo de la puerta de la habitación de
al lado
donde no vive nadie desde hace muchos años?
Encuentro en el ascensor
Entramos en la cabina y estábamos allí solos los dos. Nos miramos sin hacer otra cosa.
Dos vidas, un instante, la plenitud, la felicidad...
En el quinto piso ella bajó y yo, que continuaba,
comprendí que nunca mas la volvería a ver,
que era un encuentro de una vez para siempre
y que aunque la hubiera seguido lo habría hecho como un
muerto,
y que si ella se hubiera vuelto hacia mí
solo hubiera podido hacerlo desde el otro mundo.
Encuentro V
Detenido por una mujer a las puertas de una ciudad
desconocida
le suplique: Déjeme pasar, solo entrare
para salir de nuevo y volveré a entrar solo para salir,
porque la oscuridad me da miedo como a todos los
hombres.
Pero ella me dijo:
«iPues yo he dejado allí la luz encendida!»

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