El Arte del Decir (XIX)
La creación de objetos sustitutos de pérdidas es sin duda una de las tareas de la poesía. No digo que sea solamente la poesía quien fabrica esas interesantes equivalencias. Prácticamente todas las actividades humanas se mueven por la vía de la sustitución, pero la poesía es singular porque crea esos objetos lingüísticos que resumen pasiones e ideas y que pueden servir como consuelo o mejor aún, como punto de partida de una nueva elección. Las literatura además crea numerosos objetos, pero la ventaja de los poemas es su tamaño: pequeños (por lo general, aun cuando hay notables excepciones) y transportables con facilidad, podemos servirnos de ellos en ocasiones en que la voluminosa novela, el veleidoso cuento y la incompleta obra de teatro resultarían difíciles de maniobrar. Un poema se recorta siempre sobre una pérdida, pero cuando están bien escritos, nos hace saltar sobre ella y quizás dirigirnos hacia otros buenos destinos. Al fin y al cabo las perdidas son inevitables, pero la melancolía no lo es. El sufrimiento por lo que se fue no puede eludirse, pero su duración no debe ser un gusto sino una transitoria exigencia.
John Donne (1572-1631) fue el mas grande de los llamados poetas metafísicos ingleses, una experiencia en que se combinaban audazmente las sabidurías del medioevo y las alegrías del Renacimiento. En sus poemas vive este sentido de la elevación de objetos comunes y aun ligeramente desagradables (como una pulga) a la categoría de objetos inolvidables por la gracia de las palabras. Un modo eficaz de combatir la melancolía que entonces, como ahora, estaba vigente.
La salida del sol
Atareado viejo tonto, desenfrenado sol,
¿Por qué vienes tu así
A visitarnos a través de ventanas y cortinas?
¿Deben seguir tus movimientos las estaciones de los amantes?
Descarado pedante, vete a reprender
A escolares remolones, y disgustados aprendices,
Diles a los cazadores de la corte que el rey quiere montar a caballo,
Llama a las hormigas del campo a las labores de la cosecha:
El Amor, siempre igual, no conoce estaciones, ni clima,
Ni horas, ni días, ni meses, que son los harapos del tiempo.
¿Por qué crees que tus rayos
Son tan venerables y fuertes?
Yo podría eclipsarlos y nublarlos con un parpadeo,
Si no fuera que no quiero privarme por tanto tiempo de verla:
Si sus ojos no cegaron los tuyos,
Mira, y mañana, tarde, dime,
Si las dos Indias, la de las especias y la de las minas,
Están donde tú las dejaste, o yacen aquí conmigo.
Pregunta por aquellos reyes que ayer viste,
y oirás que yacen todos aquí, en un lecho.
Ella es todos los Estados y yo todos los príncipes,
Y no existe nada más.
Los príncipes no hacen sino imitarnos; comparado con esto,
Todo honor es mímica, toda riqueza, alquimia.
Tú, sol, eres la mitad de feliz que nosotros,
En quienes el mundo así se ha contraido;
Tu vejez pide reposo, y puesto que tu deber es
Caldear el mundo, eso cumples al darnos tu calor.
Brilla aquí, para nosotros, y estarás en todas partes;
Este lecho es tu centro, estos muros, tu esfera.
La pulga
Observa, pues, esta pulga, y observa en ella
Cuán poco es lo que me niegas;
Primero me succionó a mí, y ahora a ti,
Y en esta pulga están mezcladas nuestras sangres;
Tú sabes que a esto no puede llamársele un pecado,
Ni una vergüenza, ni una pérdida de virginidad,
Sin embargo, ella goza antes de cortejar,
Y se hincha, bien alimentada, con una sangre compuesta de dos,
Y eso, ay, es más de lo que nosotros haríamos.
Oh, quédate, conserva tres vidas en una pulga,
Donde casi somos un matrimonio y aun más que eso;
Esta pulga es tú y yo, y éste
Es nuestro tálamo, y nuestro templo nupcial.
Aunque a los padres, y aun a ti, les pese, estamos unidos,
Y enclaustrados en estos muros de azabache.
Aunque el hábito te haga capaz de matarme
No permitas que a ese delito se agregue el suicidio,
Y el sacrilegio, tres pecados en un triple crimen.
¿Cruel e impaciente, has, pues,
Empurpurado tu uña con la sangre de la inocencia?
¿De qué pudo ser culpable esta pulga
Sino por la gota que succionó de ti?
Sin embargo triunfas, y dices
Que no sientes que tú o yo seamos ahora más débiles;
Eso es verdad, aprende entonces qué falsos son los temores;
Cuando te entregues a mí se habrá perdido exactamente
Tanto honor como vida te sustrajo la muerte de esta pulga.
(traduccion de Alberto Girri y William Shand)

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