El Arte de Decir (VII)
¿Que significa trabajar para un escritor? ¿No es cierto que, a veces, el trabajo se asigna a los obreros o artesanos, y se desprecia la actividad intelectual de los poetas? Y, sin embargo todos luchamos contra la materia y su destino. Todos pretendemos que nuestra obra nos sobreviva, sea una silla, un vestido, una enseñanza o un escrito. Sin embargo, la materia, mas astuta que nosotros cambia, muta, se transforma. De esa forma es y no es lo que era, se metamorfosea en desecho, en tierra, en aire, provocando el vértigo de los hegelianos y su divertida dialéctica.
Margaret Atwood, escritora canadiense, mas conocida por El cuento de la Criada, serie televisiva de fortuna diversa, también escribe poesía, y nos brinda la metáfora de una monja y su lucha con la materia de un jardín, cuya descomposición es parte integrante de la belleza que asoma en los arreglos de plantas y en la poesía. La poesía (parece decirnos), tal como el trabajo, sabe lidiar con los cambios de la materia de la lengua, aun cuando, como en éste, la derrota siempre sea un resultado inevitable.
SOR JUANA TRABAJA EN EL JARDÍN
Tiempo para hacer el jardín otra vez; para la poesía; para meter
los brazos hasta los codos en lo que quedó
del diluvio, las manos en el lodo, buscando a tientas
entre raicillas, bulbos, canicas perdidas, bocas
ciegas de gusanos, excrementos de gato, los huesos
de tu propio futuro, lo que sea que haya ahí abajo
con sobrecarga, un tenue destello en la oscuridad.
Cuando te paras sobre la tierra desnuda con tus pies desnudos
y el relámpago azota a través de ti, en ambos sentidos
al mismo tiempo, se dice que haces tierra,
y eso es la poesía: un alambre caliente.
Podrías también ensartar un tenedor
en un enchufe de la pared. Así es que no pienses que es solo sobre flores.
Si bien lo es, en cierto modo.
Pasaste esta mañana entre las flores perennes
que chupan la sangre, las peonías esponjadas,
los lirios edificando su estallido,
las hojas de las dedaleras resplandecientes como cobre
martillado, el crujido estático entre las aguileñas espinosas.
Tijeras, la ominosa palita, la carretilla
amarilla e inerte, las briznas de hierba
murmurando como iones. ¿Piensas que no estaba todo trabajando
para algo? Tienes que tener los guantes de plástico
gastados. El brote del trueno en las puntas de los lupinos,
sus matas y sus ráfagas ascendientes, el polen y la resurrección
desplegándose de cada nido impaciente
de pétalos. Tus brazos se agitan, el vello
se eriza en ellos; solo un roce y sientes el golpe.
Es demasiado tarde ya, la tierra se abre en dos,
los muertos se levantan, casi a ciegas y a tropezones
al toparse con la luz de sol diaria
del último día, ángeles de piel peluda revolotean
sobre ti como un enjambre de abejas, los maples
por encima de ti llevan sus ensordecedoras claves
al cielo, la explosión
de tus sílabas se desparrama sobre el pasto.
Versión de Cristina María Ceci González

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