El Arte de Decir (XIV)

Lo que nos diferencia, pero íntimamente, del otro, es lo que nos hace humanos, sujetos, verdaderos existentes. No se trata de alentar apasionados esfuerzos de singularización, ni de elogiar las estupideces de cada uno (que son mas del montón de lo que uno cree) para producir una diferencia. Hay manera mas sutiles y precisas. El arte es una de ellas. El análisis puede ser otra, cuando no se confunde con una exaltación del yo, que pasa por singular, cuando es un conglomerado de identificaciones mal amontonadas donde el rastro de los otros es evidente y muchas veces mortífero.

Quizás la mística pueda ser una tercera (pero como no es nuestro destino, ni el de muchos, mas vale no entusiasmarse demasiado con ella). Lo mas especifico de cada uno, eso que no puede compartirse, a veces no es mas que un secreto difícil, del que nadie se jacta pero que perdura en el ser de goce de cada sujeto e insiste hasta el final. Solo podemos modular esa constancia haciendo que sea oportunidad de nuevas aventuras mas que ocasión para ejercer nuestra testarudez.

Derek Mahon (nacido en 1941) es un poeta irlandés, influenciado por Yeats, Auden y Beckett cuya escritura me despertó un gran interés sobre todo por la forma en que trata el tema de la diferencia singular, haciendo con sutil ironía, una paráfrasis del evangelio para evidenciar que lo que nos hace mas terribles, es lo que debemos ocultar (mas que hacer desaparecer) en lo social, que lo que nos distingue de manera decisiva es lo que la comunidad nunca aceptará para permitirnos entrar en ella. 


San Mateo V, 29-30


Señor, mi ojo me escandalizó, así que me lo arranqué.

Imagina mi desazón

cuando el escándalo persistió.

Me arranqué, pues,

el otro; mas el escándalo persistió.

Luego a ciegas, guiándome por el tacto,

me afeité la cabeza.

(El escándalo persistió.)

Me quité una oreja,

después la otra, eliminé la nariz.

El escándalo persistió.

Imagina mi desazón.

Después la piel, en largas tiras;

me corté la lengua, los dedos de los pies,

las partes íntimas.

El escándalo persistió.

Y entonces, al adquirir el asunto una dinámica propia,

tanto más cuanto que

el escándalo persistía,

me entregué a una trayectoria decidida

de lobotomía y vivisección,

reduciendo mi identidad

a un amasijo de órganos, una ruina de huesos,

en el medio de la cual, sin saber cómo,

el escándalo persistió.

Cal viva, pues, al calcio, ácido

a las entrañas sin remedio;

una capa de tierra encima,

se labra

y se siembra de cebada.

Parafina a los certificados de nacimiento,

enfermedad y estudios desaprovechados,

a las postales caprichosas, la lluvia

de cheques sin fondos

y las versiones existentes de mis poemas

publicados o no; bisturí

a las cosas dichas al azar, grabadas

en mentes ajenas; 

aerosol a los pensamientos

flotando en el aire

y a las personas que los hubieran absorbido.

De ahí que, sintiéndolo mucho, se impusiese

la supresión de todas ellas, dondequiera que estuvieran,

en sus mesas, camas, cocinas, autobuses o catamaranes;

la supresión también de sus máquinas y arquitectura,

de la más mínima evidencia

de su reflexión y su cultura,

sus risas y sus lágrimas.

La destrucción de todas las cosas

que alimentaran tal reflexión,

de las aves y de los vegetales;

la erosión de todas las rocas

desde la más sagrada montaña

hasta la piedra más humilde;

la evaporación de todos los mares,

la extinción de los cuerpos celestiales -

hasta que, por fin, desapareció

todo vestigio del escándalo

en ese silencio sin límites.

Sólo entonces fui digno de la sociedad humana. 

Traducción de Ana Eiroa Guillen y Brian Hughes


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