El Arte del Decir (XVII)
El amor, ah, el amor, ese sentimiento que nos invoca, nos convoca y nos hunde a veces en la desesperación, a veces en el recuerdo mas preciso, a veces en el alegría de los encuentros. Justamente celebrar su existencia es, me parece, un recurso sencillo que hace a la poesía mas profunda, la que puede hablar de los sentimientos sin ser sentimental, la que se anima a destacar la dulzura sin identificarse con ella, la que sostiene un decir sobrio a pesar de estar borracho por los alcoholes de una pasión.
Lo terrible del amor es su capacidad de transformación. Se convierte muy fácilmente en su opuesto, el odio, tal como lo señalaron Jacques Lacan y una gran multitud de moralistas y filósofos mas bien antiguos. Y digo antiguos porque el mundo moderno ha abandonado en gran medida el cantar los vericuetos del amor, se conforma con relaciones a gran velocidad o sin tocar el ser del otro, es decir su goce. La amada o el amado se encuentran ausentes en ese tipo vínculos, solo queda el compañero o la compañera, metáforas políticas que no sirven fuera del campo donde fueron forjadas. Pero nunca hay que olvidar que el amor es explosivo y que conviene manipularlo con un cuidado no exento de arrojo y es quizás por eso que nuestro mundo lo ha descartado.
John Koethe (1945) es un poeta de San Diego, California, dueño de un lenguaje liviano para expresar lo difícil del encuentro amoroso y como, a veces, de él solo queda un rasgo mínimo que expresa todo lo que fue entonces.
El pelo de Sally
Es como vivir en una bombilla, las hojas sonfilamentos y el cielo es una delgada concha diáfana de vidrio
cercando el lento paraíso de un día de verano, una fronda
de incandescente azul sobre las motas doradas de la luz en la hierba
Tomé el tren de regreso de Nueva York a Poughkeepsie
y en la Autoridad Portuaria, justo en la ventanilla de Tránsito Suburbano,
ella preguntó: “¿Es este el bus a Princeton?”—en efecto lo era.
“¿Conoces a Geoffrey Love?” Dije que sí. Ella tenía los más rubios cabellos,
cayendo a sus hombros, y un vestido de un azul casi fosforescente.
Le gustaba Ayn Rand. Fuimos al Village por un trago,
logré perder el último bus a Nueva Jersey, y a las tres de la mañana
deambulando encontramos un hotel de mala muerte que no pude pagar
y retozamos en el sofá desvencijado. Un bus de mañanita
(había venido a ver a su hermano), planes de cena y conexiones perdidas
y un mensaje en su puerta acerca de la playa de Jersey. Al día siguiente
el dormitorio de verano en mi escuela, mis compañeros no están: “¿Eres, preguntó,
un hedonista?” Me imaginé. Luego tuvo que tomar su avión.
Sally—Sally Roche. Me llamó esa noche desde La Florida,
y después nunca más supe de ella. Me pregunto dónde estará ahora,
quién será ahora. Todo eso fue hace treinta y siete años.
Y ya estoy demasiado viejo para más sorpresas. Los días no tienen reserva,
la vida no esconde profundidades ni misterios, el cielo lo cobija todo,
las hojas arden de luz, la rubia luz
de una tarde de verano que me hizo pensar de nuevo en el pelo de Sally.
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