El Arte del Decir (XXXIX)
Lo mas interesante de la poesía es, para mí, su carácter alusivo, su capacidad para mostrar indirectamente el horror del mundo, pero también los momentos de alegría. No nombrarlos directamente, sino indicar sus huellas, sus evocadas presencias, sus efectos perceptibles, su música lejana que parece señalar adonde se han ido todos. De esta capacidad de alusión están hechos, me parece, no sólo la poesía sino también los mejores momentos de nuestra vida. Cuando comprendimos un concepto y nuestra inteligencia evoca sin ser demasiado precisa sus consecuencias, cuando gozamos de un amor y nos deleitamos en suponer otros momentos de su belleza y paz, cuando dejamos que nuestras emociones nos recorran sin avasallarnos, siempre aludiendo, siempre indicando un lugar otro. Es verdad que la poesía nombra, pero me parece que su poder está en lo que se calla, en lo que se puede suponer a través de esos vocablos y en la belleza que sostiene y consuela y alegra y hace que el pasado y el futuro evocados caigan sobre el presente con la fuerza de una ofrenda inesperada.
Vladislav Felitsianovich Jodasevich (1886-1939) fue un poeta ruso, enfáticamente elogiado por Vladimir Nabokov que lo consideraba un gran continuador de la linea de Pushkin. En verdad su capacidad para sugerir es enorme, tal como se ve en el último verso de el segundo de los poemas que publicamos. Exilado de su patria en 1922 emigró a Berlín y luego a París donde fallecería de tuberculosis.

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